Crónica de Otro Bestial Asesinato de un Menor en #Zacatecas

Guadalupe, Zac.- Es el testimonio a manera de crónica de un hombre que fue testigo del ataque armado en la zona conurbada de Zacatecas, a la altura del puente de Soriana

Son las 3:47 de un día como cualquier otro, el tráfico me tiene atrapado a unos pasos del semáforo del puente de Soriana. Justo acabo de ver a unos niños platicando. 
 

 
 
De pronto se escuchan detonaciones, (quizá son cohetes, piensas) porque no pueden ser balazos, no ahí, no a esa hora, no estando yo tan cerca.

El carro de adelante avanza y me muevo unos metros y entonces el semáforo me deja ahí, atrapado, justo enfrente de la más cruel historia que he visto jamás.


Tratas de entender lo qué sucede, pero al parecer nadie ahí lo ha entendido tampoco; un hombre y una mujer están en el suelo, tranquilos, como dormidos, y a su lado, a tan solo un metro, cuatro niños que la observan sólo a ella, quizá son sus hijos. Junto a ellos otra mujer carga con un pequeño de brazos.
 
Todos miran, nadie se mueve, nadie grita, nadie llora. Otro hombre sale cargando un niño de entre los carros, quizá fue el único que entendió y trató de proteger al pequeño, pero se queda lejos.
 
 

 
Más de sus compañeros se acercan y la mujer que carga al bebé gira instintivamente buscando ayuda con la mirada, pero no habla. Otra mujer se acerca, mira al suelo, y toma con cariño la cabeza de su compañera, la arrulla. Uno de los niños grandes comienza a moverse mecánicamente, como si aplaudiera, pobre, como todos los que estamos ahí está por estallar de nervios.

 
De pronto, el niño que había yo pasado en la esquina de atrás segundos antes, viene caminando, buscando a alguien, luego corre y se detiene frente a ella, le busca la cara, se agacha y trata de ayudarla. 
 

 
 
Y es ahí, que cae la verdad como un edificio que aplasta. Es su hijo pienso. Y quizá lo era porque el letargo en el que estábamos todos se rompe con ese pequeño. Llegan los gritos; todos se mueven, el hombre que sólo miraba corre entonces a abrazar al pequeño que con cariño responde y se funde con fuerza.

 
No puedo ver más, acaban de matar a alguien casi frente a mis ojos; pienso en esa familia, en esos niños. ¿Dónde estamos? Pienso en bajarme a ayudar, pero tengo miedo. Me justifico pensando -no parecen seguir con vida- pero alguien debería hablarles de Dios. No puedo, quiero llorar. Dios mío ayúdalos tú, que yo sólo puedo rezar por ellos.
 
El semáforo cambia, el auto de enfrente avanza y yo con él.

Estoy con el alma hecha pedazos, tratando de entender cómo es posible que en los pocos segundos que dura un semáforo, una pareja perdió la vida, unos niños quedaron huérfanos, y un mundo se ve orillado a tratar de sobrevivir en medio de una violencia cada vez más cerca, cada vez más cruel y cada vez más cierta.

Dios los tenga en el Cielo.
 
 


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