La crisis de Ricardo Anaya; "la radiografía de un traidor"


Al parecer Ricardo Anaya tiene un perfil psicológico peligroso, no se detiene ante nada ni nadie para lograr sus ambiciones.

Conocí a Ricardo Anaya en enero de 2012, en la sede nacional del PAN, cuando en ese partido todavía se practicaba la democracia interna.

Justo ese día, Josefina Vázquez Mota, Ernesto Cordero y Santiago Creel debatían ante los militantes panistas, como parte de la contienda para elegir al candidato a la Presidencia que habría de enfrentar a Enrique Peña Nieto.

-Es un joven talento -me lo presentó Roberto Gil, entonces coordinador de la precampaña de Vázquez Mota.

Tímido, Anaya respondió con una sonrisa tiesa y una expresión clásica de los panistas: "qué tal, amigo".

En ese entonces, nadie se imaginaba que aquel joven subsecretario de Turismo sería, seis años después, el candidato presidencial del PAN, del PRD y de MC. Ni que Roberto Gil –entonces estrella ascendente del panismo– estaría en 2018 en un retiro temporal de la vida política, apartado del anayismo.

El 1 de julio de 2012, Anaya fue uno de los 62 diputados plurinominales que pudo meter el PAN a la Cámara baja, a pesar de la debacle de Josefina.

Meses después, cuando Gustavo Madero decidió romper con Felipe Calderón y arrebatarle el partido, Anaya dio la espalda al calderonismo y se integró al grupo maderista en San Lázaro: Jorge Villalobos, Luis Alberto Villarreal, Chabelo Trejo, Rodolfo Dorador, Rubén Camarillo, Guillermo Anaya.... Los lords de los moches cobijaron al queretano, y convencieron a Madero de impulsar su carrera.

Y los calderonistas lo acusaron de traición.

Para el verano de 2013, Anaya ya estaba en una Asamblea Nacional panista confrontando al calderonismo residual, y operando desde el presidium para que Gustavo Madero pudiera modificar los estatutos panistas y afianzar su control del partido.

En septiembre, Madero lo impulsó para presidir la Cámara de Diputados en el segundo año de la 62 Legislatura.

Eran los tiempos felices del Pacto por México, y Anaya supo granjearse las simpatías de panistas y priistas. No desaprovechó oportunidad alguna para placearse ante el Presidente y su gabinete, los gobernadores, diplomáticos, ministros, generales de las Fuerzas Armadas, periodistas y empresarios. Convenció con sus discursos elocuentes y bien leídos, como el que pronunció cuando se conmemoraron los cien años del golpe de Victoriano Huerta al Congreso. Impulsó y firmó las reformas del Pacto por México y, muy pronto, fue apodado "el chico maravilla".

En 2014, fue compañero de fórmula de Gustavo Madero para reelegirse como presidente nacional del PAN. Lo ayudó a derrotar a Ernesto Cordero, y puso los últimos clavos del ataúd en el que Madero sepultó al calderonismo.

Fue secretario general de Madero y su dirigente interino de septiembre de 2014 a enero de 2015, cuando éste se separó temporalmente del cargo para hacerse candidato a la Cámara.

Anaya parecía convencido del proyecto presidencial de Gustavo Madero. Y operó cuanto le fue ordenado, incluida la exclusión de Margarita Zavala de la lista de candidatos plurinominales a la Cámara baja.

Madero fue electo diputado en las elecciones intermedias de julio y, en agosto, Ricardo Anaya se lanzó por la presidencia del PAN. Con apoyo del maderismo, y usando a sus aliados anticalderonistas (Rafael Moreno Valle y Miguel Ángel Yunes, principalmente), el "joven maravilla" derrotó a Javier Corral.

A la semana siguiente, el joven queretano nombró a su amigo incondicional Marko Cortés como coordinador de la nueva bancada del PAN en San Lázaro, y se desentendió de Madero.

Y los maderistas lo acusaron de traición. 

Desde entonces, Anaya comenzó a construir su proyecto presidencial, tejiendo sus propias alianzas y usando el poder del CEN para generar compromisos, obediencias y complicidades, que no es lo mismo que lealtad.

En 2016, operó con habilidad los nombramientos de candidatos a las 12 gubernaturas que estarían en juego; resucitó las alianzas con el PRD, y ganó Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Puebla, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz.

El día de la elección, ridiculizó al "todopoderoso" Manlio Fabio Beltrones en un debate de televisión, precipitó la renuncia del priista y dejó ver que apuntaría, ahora sí sin titubeos, hacia las presidenciales de 2018.

Un día después, Margarita Zavala comenzó a pedirle un método claro para elegir al candidato presidencial del panismo. Durante más de un año, Anaya evadió a la ex primera dama, se negó a renunciar, usó los millones de spots que transmitió el PAN en sus tiempos oficiales para promoverse, y se dedicó a recorrer el país y construir su proyecto.

Y los zavalistas lo acusaron de traición. 


En 2017, Ricardo Anaya fue a Los Pinos a pactar con Enrique Peña Nieto que el PAN no se aliaría con el PRD en las elecciones del Estado de México, y después postuló a Josefina Vázquez Mota, a quien le prometió una senaduría a cambio de su participación en la contienda. Josefina quedó en cuarto lugar.

El PAN ganó Nayarit, pero perdió Coahuila, y –asediado por la crítica interna– Anaya se refugió en Alejandra Barrales y Miguel Ángel Mancera. Acordó con ellos formar el Frente por México, y de paso subieron a Dante Delgado.

En paralelo, Anaya soltó una campaña en contra del PRI, en contra del fraude y en contra de los gobernadores corruptos. Javier Duarte fue perseguido por Yunes, procesado y encarcelado. Roberto Borge fue detenido, y César Duarte tuvo que fugarse.

Los priistas se amarraron en Coahuila, confrontaron a Anaya y, desde Los Pinos, lo acusaron de traición.

En el otoño de 2017, Margarita Zavala se fue del PAN, Anaya se hizo candidato y firmó el Frente por México con PRD y MC.

En el camino, perdió también a Rafael Moreno Valle, el gobernador de Puebla que soñaba con ser candidato presidencial.

Y, después, también Mancera lo acusó de traicionarlo, cuando el Frente notificó al jefe de Gobierno que no habría una interna para designar candidato.

Acumulando traiciones y rompimientos, Anaya se fue aislando en un equipo que alcanza a contar con los dedos de sus manos: Damián Zepeda, a quien le encargó el partido mientras él hace campaña; Marcelo Torres, quien pasará a la historia como el presidente más breve en la historia del PAN, pues suplió a Zepeda en la sesión de Consejo en la que fue designado candidato al Senado; Santiago Creel, quien se ha convertido en su asesor principal; Édgar Mohar, tesorero del PAN; Antonio Rangel, diputado queretano y su amigo desde la Preparatoria; Marko Cortés, diputado michoacano; Marco Adame, ex gobernador de Morelos, y su hijo Juan Pablo Adame, y Fernando Rodríguez Doval, secretario de Comunicación del partido.

Un grupo de incondicionales a los que, en estos álgidos días, se ha sumado "el jefe" Diego Fernández de Cevallos, como única figura histórica del panismo que acompaña la aventura presidencial anayista.

Un Diego que luce extraño cuando defiende a Anaya rodeado de Fernando Belaunzarán, Dante Delgado y Manuel Granados, un político de traje gris que hoy dirige el PRD.

En el camino, Anaya dejó tirados a Felipe Calderón, Margarita Zavala, Gustavo Madero, Germán Martínez, Roberto Gil, Ernesto Cordero, Javier Lozano, Gabriela Cuevas, Ernesto Ruffo, Luis Ernesto Derbez, Juan Carlos Romero Hicks... e incluso a dos que, pudiendo ser potentes aliados, sólo se aparecerán el día que se registren las candidaturas al Senado: Rafael Moreno Valle y Miguel Ángel Mancera.

Quizás por eso Anaya se ve tan solo.

Quizás por eso, el miércoles que pidió una reunión con los gobernadores panistas para arroparlo en plena disputa con la PGR por el caso de lavado de dinero, los gobernadores del PAN prefirieron desfilar directamente a la Secretaría de Gobernación, para dialogar con Alfonso Navarrete Prida.

En las horas más oscuras de su campaña, Anaya sólo cuenta con sus más allegados, que ni siquiera son influencers en Twitter.

Quiso ser candidato del PAN sin deberle nada a nadie, arropado sólo por sus incondicionales. Y las únicas alianzas políticas que tejió, en las que estuvo dispuesto a ceder algo, fueron para crear el Frente por México, que le costó darle a Barrales la candidatura en la Ciudad de México y dejar que Enrique Alfaro pateara la alianza en Jalisco.

Señalado por un súbito enriquecimiento, llamado #PequeñoDictador por los senadores "rebeldes" del PAN, asediado por la prensa adicta a la línea del gobierno, Anaya logró lo que más anhelaba. Ya está en campaña. Pero quizás olvidó una cosa: que construyó un frente para ser candidato, mas no una alianza para llegar a Los Pinos.
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