¿AMLO, al rescate de EPN?


El “caso Anaya” es el mayor factor de disrupción de la elección 2018. 

En su trama se percibe rotura e interrupción brusca de las formas de arreglo al interior de la élite política, entre otras, por hacer públicas amenazas que se blanden en privado y acusaciones intramuros. 

También por la inesperada entrada de AMLO al rescate del Presidente en un momento crítico de la “guerra sucia” tras la intervención de la PGR en la campaña del gobierno y el PRI contra el candidato de Por México al Frente.

Antes considerado en el mundo de la política el mayor peligro para el país —comenzando por el PRI—, el candidato de Morena aparcó su discurso antisistema y celebra que Peña Nieto declare que no interferirá en la elección en un momento en que se le reclama ser responsable último del uso faccioso de la PGR contra Anaya para desprestigiarlo. 

Más aún, bajó a la arena del conflicto a balconear una ruptura entre ellos detrás de la acusación por lavado de dinero en su contra. 

“Le estoy pidiendo a Anaya que diga cuántas veces vio a Peña en lo oscurito, cuáles fueron los acuerdos que tomaron y por qué ahora se pelean, qué fue lo que sucedió, que nos lo explique, la vida pública tiene que ser más pública…”, reclamó en una postura que resta fuerza a la radicalización del discurso de Anaya contra la corrupción. 

“…es muy extraño que Anaya esté diciendo que va a meter a la cárcel a Peña si eran muy amigos”.

La guerra de acusaciones por corrupción entre Meade y Anaya ha jalado los bonos electorales de ambos hacia abajo en este extraño espacio de intercampaña que mueven las encuestas (y las apuestas) más que las propuestas. 

De acuerdo con un sondeo de Parametría, AMLO parece beneficiarse de la pelea entre ellos por el segundo lugar y ampliar su ventaja. 

El desnudamiento de la investigación por lavado de dinero en la compraventa de una nave industrial en Querétaro contra Anaya debilita su apuesta por el voto antisistema que se alimenta del enojo contra la corrupción que concentra el gobierno de Peña, aunque ahí tenga más espacio por la suavización del discurso de AMLO.

Pero la disrupción en la élite política también abre la puerta a nuevos pactos hacia la transmisión del poder y genera nuevos enemigos entre quienes quebrantan la lealtad del arreglo anterior, como se señala a Anaya por todos los adversarios de su partido que dejó en la cuneta y en su relación con el régimen hasta convertirse en su mayor enemigo, incluso mayor que AMLO. 

Los gobernadores panistas guardan silencio.

Por eso el “caso Anaya” es una quiebra en el cuerpo sólido de la élite que ha compartido el poder los últimos 18 años y que en este sexenio permitió el arreglo para las reformas en el Pacto por México. 

La larga lista de sus críticos y el encono de los ataques que lo tildan de “mentiroso” o la acusación de “secuestrar” al PAN son reflejo de la rotura de viejos acuerdos. Y ahora la radicalización de su promesa de acabar con el “pacto de impunidad” y procesar a los responsables de corrupción del sexenio parece suficiente incentivo para cambiar alianzas, mientras AMLO ofrece que “yo no voy a actuar con venganza contra nadie”.

La aparición de la cuerda que AMLO le echa al Presidente al despojar de visos de persecución política al conflicto y reducirlo a pelea entre viejos amigos, quita presión al callejón sin salida del proceso judicial contra Anaya. 

Cerca del punto de inflexión en que la PGR tendría que desistirse de la acusación o correr el riesgo de ir a una situación inédita de encauzar penalmente a un candidato presidencial. 

Las dos acciones podrían beneficiarlo electoralmente, independientemente de que haya pruebas para la averiguación. 

El gobierno y el PRI parecen creer ahora que el camino no es desmontar un candidato por la vía de los tribunales, sino construir acuerdos con actores antes excluidos, aunque el costo sea aceptar nuevas reglas de juego en la sucesión 2018 y ofrecer garantías para una transición pactada al líder de los sondeos.


“Finalmente las fuerzas políticas más antagónicas, que se han batido con sevicia durante casi dos décadas, se han puesto de acuerdo. 

Peña Nieto, López Obrador, y todas los acólitos detrás de ellos, están de acuerdo en un objetivo: hay que destruir al Frente Ciudadano por México antes de que nazca como coalición electoral. 

Por razones tácticas diferentes, pero no quieren que una alianza del PAN, PRD y MC, se entrometa en las elecciones presidenciales del próximo año. 

Hay un evidente miedo a que una tercera fuerza de esa naturaleza pueda impactar en el resultado final de la elección”. 

*Raymundo Riva Palacio en “El Financiero”.
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