lunes, julio 18, 2016

A esa época, que coincide con el principio de la militarización de la lucha contra el narco, se remonta el origen del grupo armado más temible de los cárteles de la droga: Los Zetas, quienes convirtieron al país en su campo de batalla.

En sus inicios los llamaron el “ejército del narco” quienes se extendieron por varias partes del país . Con nuevos refuerzos, dotados de un armamento sofisticado y cada vez más violentos, Los Zetas –de acuerdo con información de la Procuraduría General de la República (PGR) que emitió en su momento cuando los zetas comenzaron a sonar como el brazo armado del Cartel del Golfo.

Y de la Secretaría de Seguridad Pública– están en todas partes: en los aeropuertos, aduanas, puertos, el campo… Mantienen bajo amenaza, además, a presidentes municipales, empresarios y autoridades ejidales de diversos estados.

Estas eran sólo versiones periodísticas hasta el jueves 24 de mayo de 2007, cuando Eduardo Medina Mora, en ese entonces titular de la PGR, las confirmó en una reunión con diputados federales. Reconoció que existen zonas de la República en donde el gobierno ha perdido el control y están bajo el dominio del narcotráfico.

Medina Mora se refería a municipios y demarcaciones de estados del norte, como Nuevo León y Tamaulipas, entre otros. Ahí, Los Zetas y grupos rivales del cártel de Sinaloa habían impuesto su poder en amplios territorios. Lo mismo secuestran a empresarios que extorsionan a comerciantes, dueños de prostíbulos, bares, cantinas y otros “giros negros”.

Decena

La historia de Los Zetas comenzó entre 1997 y 1999, cuando el presidente Ernesto Zedillo echó mano de las Fuerzas Armadas para reforzar la lucha contra el narcotráfico. El encarcelamiento del general Jesús Gutiérrez Rebollo –cómplice de Amado Carrillo Fuentes– y el escándalo de la presunta negociación del cártel de Juárez con el gobierno y con el Ejército pusieron en evidencia el grado de penetración del narco en la cúpula del poder.

El gobierno federal puso en marcha el Sistema Nacional de Seguridad Pública, reforzó a las corporaciones policiacas con militares y la PGR afianzó momentáneamente zonas estratégicas, sobre todo en las fronteras, con militares de alto rango que salieron de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y se incorporaron a las delegaciones de la PGR. Así empezaba la militarización de las tareas policiacas.

Paralelamente, el capo Osiel Cárdenas Guillén urgía en Tamaulipas –principal asiento del cártel del Golfo– un plan criminal que más tarde se convertiría en la pesadilla sexenal: el reclutamiento de militares para servir al narco.

–Quiero a los mejores hombres, a los mejores… –le dijo Osiel Cárdenas a Arturo Guzmán Decenas, Z1, uno de los fundadores del grupo armado– cuando el capo terminaba de construir su obra criminal: el cártel del Golfo.

–¿Qué tipo de gente necesitas? –inquirió Guzmán.
–A lo mejores hombres armados…
–Esos sólo están en el Ejército –respondió el Z1.
–Los quiero –ordenó Cárdenas Guillén.

Lo anterior es parte de la película que, con el paso de los años, ha ido armando la PGR sobre la forma como el cártel del Golfo reclutó a la primera generación de zetas –la mayoría exmiembros del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, GAFE– cuando el Ejército Mexicano fue enviado a dar su apoyo a la lucha contra el narcotráfico.

Según los antecedentes históricos registrados por la PGR, una buena cantidad de Gafes, entrenados al más alto nivel del Ejército, pasaron a formar parte de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), creada después de que el general Gutiérrez Rebollo fue encarcelado por servir al cártel de Juárez.

Entre 1997 y 1999 la PGR, entonces encabezada por Jorge Madrazo Cuéllar, comenzó a colocar a generales y coroneles como delegados de la PGR en las zonas fronterizas. Tiempo después, y como parte de la militarización de las tareas policiacas, el Ejército envió a los Gafes, uno de sus grupos más dotados y mejor preparados, para apoyar la lucha contra el narcotráfico. Aquel equipo especial se incorporó a la FEADS.

Como parte del plan de incorporar a sus filas el paramilitarismo, el cártel del Golfo comenzó a “cortejar” al grupo de militares, quienes poco a poco comenzaron a desertar de las filas del Ejército. Durante algún tiempo, muchos de esos soldados se perdieron en el anonimato, aunque más tarde salieron a la luz pública con el nombre de Los Zetas, convertidos en el escudo protector del cártel del Golfo y de su líder Osiel Cárdenas.

Según los informes de la PGR, los primeros contactos del capo para coptar a los militares fueron los tenientes Antonio Quevedo –exmiembro del 21 Regimiento de Caballería de Nuevo Laredo, Tamaulipas–; Arturo Guzmán Decenas, El Z1, quien fue asesinado el 21 de noviembre de 2002; y Óscar Guerrero Silva, El Winnie Pooh, exmiembro del Agrupamiento de Servicios Generales del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional, asesinado el 1 de febrero de 2001 en Nuevo León.

Ya involucrados en el cártel, estos personajes comenzaron a reclutar, uno por uno, al equipo que la Sedena había enviado a la FEADS para reforzar la lucha contra el narcotráfico. Mediante ese frío cálculo y los “cañonazos” de miles de dólares, decenas de militares empezaron a abandonar las filas del Ejército: algunos simplemente desertaron y desaparecieron, en tanto que otros se incorporaron, como fieles soldados, al servicio del narcotráfico.

Al cabo de poco tiempo, alrededor de 40 militares de todas las jerarquías –tenientes y capitanes, entre ellos– pasaron a formar parte de las filas del cártel, su nueva empresa. Protegido por ese cinturón de seguridad, Osiel Cárdenas se erigió como amo y señor del narcotráfico en el Golfo de México. Aquel selecto equipo le brindaba protección y, adicionalmente, lo mantenía informado de los movimientos de las tropas del Ejército.

En el campo de batalla empezaron a enfrentarse militares contra militares.

En 2003, cuando Los Zetas ya se hacían presentes por sus actividades violentas, la PGR difundió la lista de sus integrantes. Algunos nombres: Mateo Díaz López, El Comandante Mateo; Sergio Enrique Ruiz Tlapanco, Tlapa; Lucio Hernández Lechuga, Lucky; Braulio Arellano Domínguez, El Gonzo; Isidro Lara Flores, El Colchón; Ismael Flotes Téllez; Fernando López Trejo; Ismael Marino Ortega Galicia; Carlos Vera Calva; Ramón Ulises Carvajal Reyes, El Piojo; Alejandro Pérez Mancilla; Rubén Alejandro Valenzuela Zúñiga; Armando Flores Arreola; Arturo Muro González; Ernesto Zataráin Beliz, El Traca; José Ramón Dávila Cano, El Cholo, y Prisciliano Ibarra Yépez.

Actualmente muchos miembros de la vieja guardia de Los Zetas han muerto o están encarcelados. Pero el grupo no está exterminado, aunque el exprocurador general de la República, Daniel Cabeza de Vaca en algún momento, se refirió a este ejército como una organización extinta pero lo que no sabia es que por esos años estaban operando con una bajo perfil para no llamar la atención de las autoridades. 

Incluso desestimó el poder de Los Zetas. En octubre de 2006, por ejemplo, dijo: 
“La capacidad de fuego de Los Zetas no es tanta… El problema es cuando se potencian con la complicidad de las autoridades locales. Lo que los hace fuertes es la protección de los grupos policiacos, no en sí la capacidad de fuego”, aseveró, aunque luego reconoció que contaban incluso con bazucas.

No sólo eso: durante un foro organizado en el periódico El Universal, el ex secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, minimizó el poderío de Los Zetas, a los que calificó como un puñado de ignorantes e iletrados. Esta posición no coincide con lo que dijo en enero de 2006 asumía respecto de ellos la PGR: que el cuerpo protector del cártel del Golfo se había reforzado aún más con la incorporación de kaibiles, en su mayoría desertores del ejército de Guatemala, quienes pusieron de moda la decapitación de los rivales.

El exgafe Lazcano, según la PGR, disputo el liderazgo del cártel del Golfo con Eduardo Costilla, El Coss. Ambos desearon dominar las plazas de Veracruz y zonas del sureste. El vacío de poder de Los Zetas, al menos en ese territorio, fue evidente tras la captura de Mateo Díaz López, El Comandante Mateo. Según José Patiño Arias, subsecretario de Política Criminal de la Secretaría de Seguridad Pública, la rivalidad que surgió tras esa captura es la causa de la mayoría de las ejecuciones en esa zona de la República.

Según informes de la PGR, Los Zetas tienen bajo dominio la mayor parte del territorio de Tamaulipas y Nuevo León. En la primera entidad, su ley se impone en Valle Hermoso, Matamoros, Miguel Alemán, Díaz Ordaz, Camargo, Laredo y Ciudad Mier pero tras su ruptura con el Cartel del Golfo en el 2010 algunas zonas mencionadas pasarían a mandos del CDG y Nuevo Laredo y Ciudad Victoria se convertirían en su principal bastión.

En Nuevo León –plaza que disputan con el cártel de Sinaloa– dominan Montemorelos (en donde tienen casas de seguridad), Cadereyta, China, Los Herrera, Linares, Cerralvo, Sabina, Villa Aldama, Lampazos y Anáhuac según los informes en el sexenio de Felipe Calderón.

Según datos de inteligencia, en estos pueblos es común ver cómo Los Zetas cobran derechos de piso a sus rivales, secuestran y extorsionan a empresarios y exigen cuotas a los que regentean giros negros, como burdeles y bares. También ejercen su poder sobre las autoridades municipales y tienen el apoyo de sus más fieles aliados: las corporaciones policiacas, lo que los convierte en una fuerza potenciada con una poderosa capacidad de fuego.

Deserción militar

Cuando los Zetas comenzaron a reclutar mas gente por aquellos años a inicios del 2006 miembros del ejército enfrentaban una grave situación económica –bajos sueldos, pobres prestaciones y falta de estímulos– fue la principal causa de que el Ejército Mexicano enfrente una crisis interna que se reflejo en la constante deserción de sus efectivos. Según datos oficiales, de 2001 a noviembre de 1996 desertaron del Ejército 99 mil 767 militares, es decir, unos 46 elementos abandonaron la milicia cada día.

En una entrevista publicada por el periódico Reforma el 29 de enero de 2006, el general de División retirado Luis Garfias dijo que el problema de las deserciones en el Ejército es grave desde hace varios años, pues “hubo un tiempo en que el Ejército se reconstituía hasta tres veces (en sus tropas) porque toda la gente se iba”. Según Garfias, “el problema es que habiendo cifras tan altas sobre deserción y siendo un delito, no hay nadie en las prisiones por eso”.

La Sedena atribuye las renuncias de los militares a la desobediencia o a una vocación desviada. Lo cierto es que, hasta ahora, no se cuenta con datos precisos de adónde van los soldados que desertan del Ejército.

En esos años en las páginas que publicaban bolsas de trabajo en periódicos de provincia –sobre todo en el norte del país– era frecuente ver avisos, no siempre destacados, como este: “¿Necesitas trabajo? ¿Eres exmilitar? Llama a este número telefónico”. Al poco tiempo, los anuncios desaparecían. Las autoridades federales sospecharon que esta fue una forma en que Los Zetas u otros grupos del crimen organizado reclutan a exmilitares para incorporarlos al narcotráfico.

Tras la guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Felipe Calderón los militares vieron grandes incrementos en su salario y prestaciones y cobertura en gastos médicos lo que origino que la deserción disminuyera y que el panorama pintara de otra manera.
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