sábado, mayo 14, 2016

Ejercito fué INFILTRADO en Tamaulipas

Tamaulipas.- Sin necesidad de recurrir a expertos, cualquiera puede comprobar que la falta de disciplina en la tropa, la notoria inexperiencia en ciertos mandos, la pública ausencia de controles efectivos en prácticamente todas las instancias del Ejército –desde los modestos cuarteles, hasta la ambición desatada en las altas oficinas de los entorchados– han arruinado a la institución armada, otrora respetable.

Cuando muchos de nosotros éramos niños, siempre escuchamos de los mayores que nadie se podía meter, nadie podía cuestionar dos orgullos muy mexicanos: la Virgen de Guadalupe y el Ejército nacional. Cuando mucho, entre la tropa, destacaban un puñado de mariguanos y… hasta ahí. Mi abuelo materno, por ejemplo, hacía que sus nietos nos pusiéramos de pie cuando en la televisión se rendían honores al lábaro patrio, o cuando este desfilaba frente a las cámaras de televisión en los desfiles militares del 16 de septiembre. Eran otros tiempos.
Por eso, cuando se trata de escribir sobre el Ejército, vale la pena recordar lo que opinaba el poeta español Antonio Machado sobre el sentido de las afirmaciones: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se juzgue al revés”. Manuel Vicent remató: “El que busca la verdad, corre el riesgo de encontrarla”.

Denis Diderot, el gran enciclopedista francés, decía que todos tratábamos de “engullirnos de un sorbo la mentira que nos adula y bebernos gota a gota la verdad que nos amarga”. Por eso, opinaba Georges Orwell que “en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.

El narcotráfico ha invadido todas las esferas

Y la verdad es que el narcotráfico ha invadido todas las esferas económicas, políticas, sociales, culturales y militares mexicanas. Desde la más modesta regiduría de pueblo, incluida la gubernatura de un estado y sus otros poderes, hasta la cima de la representación nacional y de la administración pública. No se puede tapar el Sol con un dedo.

O como decía el diestro español Rafael Gómez Ortega el Gallo, también llamado El divino calvo, cuando desde los tendidos le reclamaban pasar el toro por donde ya no cabía, les gritaba: “Lo que no puede ser, no puede ser, y además, es imposible”.

Colusión de un regimiento con las mafias

El escándalo mayúsculo que provocaron los acontecimientos suscitados en la sede del décimo noveno regimiento de caballería motorizada de la Secretaría de la Defensa Nacional en Reynosa, Tamaulipas –segunda ciudad más violenta del país, después de Acapulco–, reveló una verdad difícil de digerir para los incautos.

Y es que, a 25 días de haber tomado posesión como comandante de la octava zona militar en esa ciudad tamaulipeca, el general Luis Crescencio Sandoval González, exsubjefe operativo del Estado Mayor de la Sedena, exagregado militar en la embajada en Washington, ordenó una purga masiva en el regimiento.

Mandó llevar desde la Ciudad de México las tropas del quincuagésimo quinto Batallón de Infantería que, junto con policías militares, se han hecho cargo de la plaza, por fundadas sospechas de colusión del decimonoveno regimiento de caballería con el crimen organizado.

Piden que también se investigue a altos mandos

Según datos e información que se desprendieron después de encarnizados enfrentamientos de la Marina con el grupo criminal Los Metros, célula del cártel del Golfo, se constató que el decimonoveno regimiento se encontraba al servicio de la protección personal del comandante Toro, Juan Manuel Loza Salinas, desertor de la milicia verde olivo.

El regimiento de marras, está conformado en su enorme mayoría por juanes mexiquenses ‑paisanos de los “héroes” de Tlatlaya‑, acantonados en Tenancingo, desde hace tiempo, tal vez vigilando el convento de las Carmelitas Descalzas, comiendo carne de obispo y tomando curados de piña. De allí, a Reynosa, para servirle a los patrones.

Entre los soldados de Infantería y los policías militares bajo las órdenes de Sandoval González, apresaron a 420 elementos del fatídico decimonoveno regimiento; los condujeron al centro regional de adiestramiento en Aldana, Tamaulipas, en donde han estado soltando la sopa.

Los familiares de los 420 detenidos, conscientes de que en esos casos se castiga el escándalo y no la culpa, han protestado de manera airada exigiendo que se investigue también a los altos mandos de la octava zona militar, “ya que tiene años que son los mismos y nunca ha pasado nada”. Juzgan que sus familiares pueden ser chivos expiatorios. La mula no era arisca, hasta que la cargan de palos.

Zetas, exmilitares seducidos por dinero y poder

Este es uno entre tantos casos que a diario suceden a lo largo y ancho de la geografía nacional. Desde que en 1999, un grupo de militares de élite, preparados en el extranjero para la contrainsurgencia, el espionaje y la extinción de la guerrilla, desertó del grupo aeromóvil de fuerzas especiales, anfibios y fusileros paracaidistas, para aliarse al narcotráfico.

Cuando sus antiguos compañeros de armas se dieron cuenta de las pingües ganancias que obtenían en las fáciles labores de homicidios, terrorismo, narco, lavado de dinero, tráfico de armas, secuestros, delitos informáticos y extorsiones, no fueron pocos quienes optaron por desertar de las fajinas mal pagadas y unírseles, para formar la temible banda de los Zetas.

No fueron los únicos en tomar tal decisión. Hoy, los Zetas o cártel del Noreste, separado por pendencias y riñas con el cártel del Golfo, se disputa con ellos Tamaulipas, apoyados por fuerzas militares provenientes de Guatemala, los kaibiles, y hasta de la ‘Ndranghueta, la mafia calabresa. Es ya un poder de talla mundial, no como los chistecitos publicitarios de las fallidas marcas Pemex y CFE.

Faltan al juramento de servir con lealtad a la patria

Y como dice el adagio jurídico latino, “lo accesorio siempre sigue la suerte de lo principal”, en‎ las actuales relaciones o si quiere usted le llamamos pactos, entre el narcotráfico y el poder establecido, el lugar de lo accesorio le quedó como anillo al dedo a esos militares y exmilitares mexicanos, los que han faltado a su juramento de servir con lealtad a la patria.

‎Es público y notorio, en casi todas las carreteras y caminos vecinales de lo que queda de país, que no pocos entorchados sirven de escolta a los altos jerarcas del narcotráfico y que, cuando se niegan a obedecer esas órdenes que van en contra de su ética, son arrestados cual sucedió hace poco con cuatro señores generales.

Así, se volteó el chirrión por el palito. Los antiguos subordinados, llámense Zetas o integrantes de cárteles de cualquier zona o pelafustán, son hoy los que parten el bacalao y truenan el chicharrón.

Infiltración, ¿reflejo de lo que sucede en el país?

Lo mismo que pasa en las rancherías, es moneda de cuño corriente que pasa en los más grandes puertos mexicanos, en las antes blindadas aduanas de las fronteras, en las recelosas garitas, en las herméticas oficinas paramilitares de todos los aeropuertos, en los recónditos escondrijos de los cuarteles. Adoramos ya al becerro de oro.

Quetzalcóatl, recuérdese, fue derrotado por Atzayácatl, al grito impotente “¿para qué gano, si puedo perder?”. Un ejército infiltrado, corrompido, devastado. ¿Es reflejo de este que nos empeñamos en llamar país?
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